Cada 20 de junio los argentinos recordamos a Manuel Belgrano. Curiosamente, no se trata de la fecha en que creó la bandera nacional, sino del día de su fallecimiento. La enseña patria había sido creada varios años antes, el 27 de febrero de 1812, en Rosario, a orillas del Paraná.
Hablar de Belgrano es hablar de uno de los personajes más importantes de nuestra historia. Para mí, integra junto a otros grandes próceres una suerte de trilogía fundamental de la construcción argentina, no solamente por sus aportes concretos al nacimiento de la patria, sino también por los valores que encarnó: honestidad, compromiso y una profunda vocación de servicio.
Belgrano nació en Buenos Aires, cuando todavía existía el Virreinato del Río de la Plata. Era hijo de un exitoso comerciante italiano y creció en una familia acomodada. Estudió en el Colegio de San Carlos y luego fue enviado a Europa, donde cursó estudios en las universidades de Valladolid y Salamanca.
Hablar de Belgrano es hablar de uno de los personajes más importantes de nuestra historia. Para mí, integra junto a otros grandes próceres una suerte de trilogía fundamental de la construcción argentina, no solamente por sus aportes concretos al nacimiento de la patria, sino también por los valores que encarnó: honestidad, compromiso y una profunda vocación de servicio.
Su formación coincidió con uno de los períodos más trascendentes de la historia occidental: la Revolución Francesa. Allí absorbió las ideas de libertad, igualdad y progreso que estaban transformando al mundo. También conoció de cerca los cambios impulsados por la Revolución Industrial inglesa. Todo ese bagaje intelectual regresó con él a América.
Cuando volvió al Río de la Plata fue designado secretario del Consulado de Comercio. Sin embargo, lejos de limitarse a cuestiones administrativas, utilizó ese espacio para impulsar ideas extraordinariamente avanzadas para la época. Defendió la educación pública y gratuita, promovió la enseñanza para las mujeres, reclamó igualdad para los habitantes nacidos en estas tierras y alentó tanto el desarrollo de la agricultura como el de la industria.
En una sociedad colonial acostumbrada a obedecer órdenes llegadas desde España, aquellas propuestas resultaban revolucionarias.
Durante las invasiones inglesas de 1806 dejó otra muestra de sus convicciones. Cuando Buenos Aires cayó en manos británicas, fue el único funcionario importante que se negó a jurar fidelidad al rey inglés. Más tarde participaría activamente en los acontecimientos que desembocaron en la Revolución de Mayo.
Defendió la educación pública y gratuita, promovió la enseñanza para las mujeres, reclamó igualdad para los habitantes nacidos en estas tierras y alentó tanto el desarrollo de la agricultura como el de la industria. En una sociedad colonial acostumbrada a obedecer órdenes llegadas desde España, aquellas propuestas resultaban revolucionarias.
Aunque no era militar de carrera, la escasez de oficiales llevó al gobierno revolucionario a encomendarle campañas decisivas. Una de ellas fue la expedición al Paraguay, una misión extremadamente difícil que terminó en derrota. Sin embargo, durante aquellos años protagonizó uno de los hechos más recordados de nuestra historia: la creación de la bandera.
La tradición indica que el primer izamiento se realizó en la actual zona del Monumento Nacional a la Bandera. No existen pruebas definitivas que permitan señalar el lugar exacto, pero es la hipótesis más aceptada por los historiadores. La bandera fue confeccionada por María Catalina Echevarría de Vidal, mientras que Cosme Maciel tuvo el honor de enarbolarla por primera vez.
Después de la campaña paraguaya, Belgrano asumió la conducción del Ejército del Norte. Allí protagonizó una de las decisiones estratégicas más importantes de la guerra de la independencia: el Éxodo Jujeño. Comprendiendo que no podía detener el avance español en Jujuy, ordenó evacuar la región y aplicar la táctica de tierra arrasada para impedir que el enemigo encontrara recursos a su paso.
La maniobra fue arriesgada, pero resultó decisiva. Posteriormente obtuvo dos resonantes victorias en Tucumán y Salta, que contribuyeron a consolidar la causa revolucionaria en el norte del territorio.
Más adelante sufriría las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, y finalmente entregaría el mando del Ejército del Norte a José de San Martín en la célebre Posta de Yatasto. Entre ambos existía un profundo respeto mutuo. De hecho, San Martín llegó a afirmar que Belgrano era uno de los hombres más valiosos de América del Sur.
Los últimos años de su vida estuvieron marcados por las enfermedades y las dificultades económicas. Paradójicamente, quien había nacido en una de las familias más ricas de Buenos Aires murió prácticamente en la pobreza. Gran parte de su patrimonio fue destinado a sostener la causa independentista.
Sufriría las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, y finalmente entregaría el mando del Ejército del Norte a José de San Martín en la célebre Posta de Yatasto. Entre ambos existía un profundo respeto mutuo. De hecho, San Martín llegó a afirmar que Belgrano era uno de los hombres más valiosos de América del Sur.
Incluso el premio económico que recibió por sus campañas militares lo donó para la construcción de escuelas. Creía que la educación era la verdadera herramienta para construir una nación libre y próspera.
Su situación al final fue tan precaria que, poco antes de morir, entregó su reloj personal a su médico como forma de agradecimiento, ya que no podía pagarle los honorarios.
Por eso, cuando recordamos a Belgrano cada 20 de junio, no deberíamos pensar únicamente en la bandera. También deberíamos recordar al intelectual, al reformador, al periodista, al funcionario honesto, al militar improvisado que asumió responsabilidades enormes y al hombre que puso su fortuna y su vida al servicio de un proyecto colectivo.
La bandera fue una de sus obras más trascendentes. Pero Manuel Belgrano fue mucho más que su creador.
