En 1983, el horizonte de Julio César “Chicho” Gaona parecía no tener techo. Volante de gran manejo y pegada exquisita, acababa de consagrarse subcampeón del mundo juvenil en México, compartiendo cartel con las promesas más deslumbrantes de la época. Las ofertas del exterior no tardaron en llover: el Atlético de Madrid, el París Saint-Germain y hasta una invitación con cifras astronómicas para sumarse por un mes al Cosmos de Estados Unidos, donde habían jugado Pelé y Franz Beckenbauer. Con lo que le pagaban en Nueva York en cuatro semanas, podía comprarse un departamento en Belgrano. Pero el club que lo había visto crecer caminaba por la cornisa del descenso. Chicho, que todavía ni siquiera tenía contrato firmado y, a veces, debía bajarse corriendo en General Paz para colarse en el colectivo 117 porque no tenía para el boleto, se sentó con el director técnico Rodolfo Motta. Decidió quedarse en el país para salvar a Platense. Lo lograron.
Detrás de ese pibe que ponía el pecho por su club, se escondía una historia de dolor familiar. En 1978, mientras el país se distraía con los goles del Mundial, el terrorismo de Estado entraba al living de su casa. Su hermano Ricardo y su cuñada María Rosa Miranda fueron secuestrados y desaparecidos. También se llevaron al hijo de ambos, Pablo Javier, de tan solo un mes.
A diferencia de los otros hermanos, Ricardo no jugaba a la pelota. Andaba siempre con los libros, solidario, llevando remedios los fines de semana a los vecinos que los necesitaban. De él, Chicho atesora un mandato escolar y ético: un día, yendo al colegio, Ricardo le pidió que le preguntara a la maestra por qué había tanta desigualdad en el mundo. Cuando el niño trasladó la pregunta, la señorita Zully solo atinó a abrazarlo y romper en lágrimas.
Vino luego el desamparo de la búsqueda. El recuerdo de ver a sus padres salir desde Villa Celina a presentar hábeas corpus que todos rebotaban con desprecio. Le quedó el recuerdo de su hermano Gilberto yendo a la plaza a firmar denuncias ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 1979, hasta que una de las Abuelas lo cruzó, lo abrazó y le ordenó que no fuera más, que de poner el cuerpo se encargaban ellas, porque a los jóvenes se los llevaban.
También Chicho recuerda cuando, en pleno Mundial juvenil, decidió por fin contar su historia a un periodista de la revista Somos. Y el cronista le agradeció, pero le dijo que para cuidarlo iba a quitar la parte que hablaba de las desapariciones.
Luego del periplo en Platense, Gaona partió hacia el Independiente Santa Fe de Bogotá. El dolor volvió a ensañarse con su biografía. A los pocos días de nacer su hijo Jonathan, su esposa Liliana falleció a causa de una enfermedad incurable. Con el alma rota, Chicho pegó la vuelta.

El fútbol funcionó como un tejido de contención. Reconstruyó su nivel en Deportivo Español y a mediados de 1989 desembarcó en el Boca del Cai Aimar. En la Bombonera encontró una calidez institucional enorme. El presidente Antonio Alegre, conmovido por su pérdida, gestionó ante Julio Grondona un permiso especial de la AFA para que el pequeño Jonathan pudiera ingresar a la cancha como mascota oficial en cada partido. Hubo una enorme solidaridad de dirigentes y compañeros frente a su duelo íntimo. Sin embargo, ese mismo fútbol que se conmovía ante el dolor del padre viudo, solo mostraba silencio ante el hermano de un desaparecido.
Gaona se sigue reuniendo con sus excompañeros de Platense, de Boca, de Español, de Unión y de Belgrano. Valora la amistad, la cuida como un refugio indispensable. Sin embargo, en esas mesas compartidas, la desaparición de su hermano sigue siendo una zona de exclusión. Cuesta preguntar. Nadie lo hace. Chicho ensaya una explicación: “No sé, debe ser tan catastrófico, que en un momento te debe dar miedo decir: ‘No, esto no pasó, esto no puede ser. ¿Quién va a tirar a un pibe de un avión?’”. Piensa que sus amigos, al conocerlo a él y a su familia, hacen un ejercicio silencioso: “Yo lo conozco a Chicho, estoy seguro de que ellos no hicieron nada”.
Miles de horas en las concentraciones. Miles de asados compartidos. Aún prima el silencio. Tal vez, para no romper el “clima” del vestuario. Quizás porque el deporte se muestra lejos de esas realidades, o porque los “maestros del fútbol” inculcaron poco el compromiso por las causas políticas y sociales. Chicho recuerda excepciones luminosas, como Diego Maradona. O cuando Alejandro Sabella se sumó a las campañas de Abuelas de Plaza de Mayo y conversó con Lionel Messi y Ángel Di María sobre la lucha por la memoria, la verdad y la justicia. Esa acción abrió una puerta que coincidió con la restitución de varias identidades.
Frente al enojo de ciertos sectores que le exigen posturas políticas a los futbolistas actuales, Chicho exhibe una vez más su templanza. Su ardiente paciencia. Entiende que son pibes que no tuvieron formadores, que son jóvenes que “no llegan a dimensionar el peso y la potencia de su propia palabra”. Admira el pañuelo blanco en las manos de Lisandro Martínez o los posteos que a veces replican desde la selección. Si tuviera la oportunidad de estar frente al plantel actual, su pedido sería tan modesto como urgente: “Que nos escuchen cinco minutos. Cinco minutos. Después ellos sacarán una conclusión”. Esos cinco minutos, reflexiona Chicho, adquieren un sentido crucial en una época donde el discurso público se tiñe de crueldad y desprecio desde las máximas esferas del poder. Sería apenas un instante para sembrar una pregunta, para que el fútbol no olvide.
Su templanza, dice, es el legado directo de las Abuelas. Ese espacio que califica como un “lugar mágico”. Allí se aprendió a mirar las cosas con calma y con amor, una escuela de la que también formó parte su propia madre, Justa Paiva, quien jamás —ni en la intimidad del hogar— pronunció una maldición contra los asesinos de su hijo y los apropiadores de su nieto. Solo se preguntaba qué clase de sentimientos habitaban en esa gente para cometer semejante perversidad.
Ese amor fue el que permitió el milagro en 2012. El encuentro con su sobrino Pablo Javier fue el abrazo con un hombre hecho y derecho que, al cruzar la puerta, resultó ser el calco de su hermano Ricardo. Reconstruir el tejido familiar desde el shock de la apropiación nunca es un proceso sencillo, pero la puerta de los Gaona siempre permaneció abierta de par en par.
Chicho hoy vive con su mujer Rita y disfruta como un “abuelo baboso” de su nieto Fausto. Trabaja como técnico del equipo de fútbol de la Universidad Nacional del Oeste, junto al preparador físico Fernando Barrios. En el living de su casa de Belgrano, mientras de reojo mira las novedades del Mundial, quiere decir algo más. Piensa en aquellas personas apropiadas por la dictadura que aún no conocen su verdadera identidad. Les pide que se detengan un segundo, que miren a sus propios hijos o a sus padres, y que venzan el miedo para permitirse conocer la verdad. “Con que vos te preguntes una sola vez ¿Qué pasó acá? Vengan a Abuelas, los estamos esperando. Te vas a quedar atrapado en ese amor. Nosotros, los tíos, las tías, los padres, las abuelas, todo el tiempo estamos mirando en la calle a ver si puede ser un sobrino o nieto nuestro, estamos atentos a todos”.